Por: Luis Villagrán.
Según palabras de varios pensadores, como es el caso de Federico Engels, considera que el trabajo ha creado al propio hombre. Si bien el trabajo es la actividad racional del hombre, encaminada a la producción de bienes materiales, es patrimonio del hombre; es una eterna necesidad natural.
Carlos Marx, dijo que sólo habrá paz en el mundo cuando todos los países tengan el mismo soberano: el trabajo. Pues Marx indica que “el trabajo y el comunismo son inseparables”.
Sin embargo el carácter del trabajo ya sea en Guatemala o cualquier otra parte del mundo depende de quién es el dueño de los medios de producción. La politóloga Ligia Rivera indica que “el trabajo es voluntario cuando es para sí mismo y para la sociedad, y es forzoso cuando es en beneficio de empresarios capitalistas; es entonces cuando se convierte en una carga pesada”.
En Guatemala la mayoría de sus gobernantes (excepto Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz) siempre han sido órganos de opresión de la clase trabajadora en provecho de los grandes terratenientes.
Según el historiador Severo Martínez Pelaez, en los primeros años de la dominación colonial española, la esclavitud de las indígenas se generalizó, adquiriendo formas tan brutales que pusieron en peligro la supervivencia misma de los indígenas.
Ley de vagancia y trabajo forzoso
Desde 1877 hasta 1944 el contexto laboral guatemalteco se vio regido por leyes que obligaban a los indios a trabajar reparando caminos y puentes que servían para desarrollar la caficultura. Justo Rufino Barrios específicamente en 1874 ordenó que “todo vecino está obligado a trabajar con tal propósito”. Sin embargo, en 1877 se elevó a seis días de trabajo conmutables mediante el pago de 1.50 pesos.
Años más tarde el dictador Jorge Ubico haría casi lo mismo al crear y emitir la Ley contra la vagancia, calificando como vago a quien no trabaje en una finca ni cultive tres o cuatro manzanas por lo menos, en tierra cálida o fría. El sociólogo Enrique de León explica que “el mozo que no probara haber cumplido con tal obligación mediante un libreto extendido por su patrón, era tomado como vago y conducido a romper piedra a los caminos sin paga alguna”.
1944, supresión del trabajo forzoso
Al dimitir Jorge Ubico el 1 de julio de 1944, se abre un nuevo capítulo de la historia nacional: todos los sectores sociales comenzaron a organizarse y a exponer sus reivindicaciones más sentidas.
Ese mismo año la Junta Revolucionaria de Gobierno suprimió la obligación de los indígenas de abrir y reparar caminos, puentes, romper piedra, como lo ordenaron Justo Rufino Barrios y Jorge Ubico. Para costear estos gastos se creó un impuesto sobre la gasolina.
Un año más tarde, en 1945 quedaron abolidas las distintas formas que desde la época colonial obligaban a los indios a trabajar para los terratenientes en forma semigratuita. Martínez Peláez indica que su abolición fue una de las más importantes medidas de la Revolución de 1944, y quizá la única de fondo que perduró después de la contrarrevolución de 1954.
Para Ligia Rivera “se cerró así el gran capítulo del trabajo forzado en nuestro país, que había comenzado con la implantación del repartimiento de indios en la segunda mitad del siglo XVI”.
Según palabras de varios pensadores, como es el caso de Federico Engels, considera que el trabajo ha creado al propio hombre. Si bien el trabajo es la actividad racional del hombre, encaminada a la producción de bienes materiales, es patrimonio del hombre; es una eterna necesidad natural.
Carlos Marx, dijo que sólo habrá paz en el mundo cuando todos los países tengan el mismo soberano: el trabajo. Pues Marx indica que “el trabajo y el comunismo son inseparables”.
Sin embargo el carácter del trabajo ya sea en Guatemala o cualquier otra parte del mundo depende de quién es el dueño de los medios de producción. La politóloga Ligia Rivera indica que “el trabajo es voluntario cuando es para sí mismo y para la sociedad, y es forzoso cuando es en beneficio de empresarios capitalistas; es entonces cuando se convierte en una carga pesada”.
En Guatemala la mayoría de sus gobernantes (excepto Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz) siempre han sido órganos de opresión de la clase trabajadora en provecho de los grandes terratenientes.
Según el historiador Severo Martínez Pelaez, en los primeros años de la dominación colonial española, la esclavitud de las indígenas se generalizó, adquiriendo formas tan brutales que pusieron en peligro la supervivencia misma de los indígenas.
Ley de vagancia y trabajo forzoso
Desde 1877 hasta 1944 el contexto laboral guatemalteco se vio regido por leyes que obligaban a los indios a trabajar reparando caminos y puentes que servían para desarrollar la caficultura. Justo Rufino Barrios específicamente en 1874 ordenó que “todo vecino está obligado a trabajar con tal propósito”. Sin embargo, en 1877 se elevó a seis días de trabajo conmutables mediante el pago de 1.50 pesos.
Años más tarde el dictador Jorge Ubico haría casi lo mismo al crear y emitir la Ley contra la vagancia, calificando como vago a quien no trabaje en una finca ni cultive tres o cuatro manzanas por lo menos, en tierra cálida o fría. El sociólogo Enrique de León explica que “el mozo que no probara haber cumplido con tal obligación mediante un libreto extendido por su patrón, era tomado como vago y conducido a romper piedra a los caminos sin paga alguna”.
1944, supresión del trabajo forzoso
Al dimitir Jorge Ubico el 1 de julio de 1944, se abre un nuevo capítulo de la historia nacional: todos los sectores sociales comenzaron a organizarse y a exponer sus reivindicaciones más sentidas.
Ese mismo año la Junta Revolucionaria de Gobierno suprimió la obligación de los indígenas de abrir y reparar caminos, puentes, romper piedra, como lo ordenaron Justo Rufino Barrios y Jorge Ubico. Para costear estos gastos se creó un impuesto sobre la gasolina.
Un año más tarde, en 1945 quedaron abolidas las distintas formas que desde la época colonial obligaban a los indios a trabajar para los terratenientes en forma semigratuita. Martínez Peláez indica que su abolición fue una de las más importantes medidas de la Revolución de 1944, y quizá la única de fondo que perduró después de la contrarrevolución de 1954.
Para Ligia Rivera “se cerró así el gran capítulo del trabajo forzado en nuestro país, que había comenzado con la implantación del repartimiento de indios en la segunda mitad del siglo XVI”.
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